El hombre -la mujer- y su laberinto
Debora Mauas

¿Sabemos si el camino recorrido es el correcto? O más aún, hacia dónde vamos ¿es hacia dónde queremos ir? Cristina Fresca nos entrega dos objetos fundamentales de su imaginería para intentar resolver el acertijo: la flor de la pasionaria y el mítico laberinto de la Catedral de Chartres (Francia) emplazado en 1220. De la flor sabemos que una leyenda popular guaraní la enlaza a la sangre derramada en sacrifico por los demás, y que su singular belleza, su frágil-fuerza, florece sólo por un día. Del laberinto que, como un mandala cosmológico, durante siglos, millones de peregrinos lo han transitado hasta su centro en busca de una respuesta. Cristina Fresca (la artista), como en otros trabajos, vuelve a construir enigmas a desimplicar a través de sus elementos: las flores –la pasionaria-; los lugares emblemáticos: sus espacios, sus recorridos. Rescatando su simbología: las flores como don y regalo; los espacios públicos que adquieren valor en la diferencia de quienes los transitan: ella reconstruye otro espacio para rescatar la experiencia mística que en él habita. Una comunión entre los objetos, los lugares y los otros a la que también quedamos invitados. Los laberintos son tan antiguos como el hombre, que al separarse de la naturaleza como guía, debió prefijar otros recorridos, reflejo de un temor ancestral a perderse. El camino, su recorrido y el punto de llegada son sustanciales, desde siempre, en nuestra experiencia vital, como así también en esta muestra. Sobre el laberinto reproducido en el piso, la artista colocó como señales distintas fotos de la flor, que a la manera de marcas en el camino nos van indicando el recorrido correcto hacia el centro.
Allí otra pasionaria en su esplendor nos espera, reforzando el encuentro con la llegada. Una experiencia que Cristina nos regala como modo de reintroducirnos en nuestros propios caminos, y detenernos a formular nuestras preguntas por si las habíamos olvidado. Los laberintos pueden ser espaciales y temporales (como aquellos que Borges traza en tiempos paralelos y diversos). La experiencia que nos propone Cristina Fresca juega con ambos. Desde el espacio que ocupa este laberinto, su punto de salida y el trayecto hacia su centro, otro tiempo es convocado. Si bien cada espectador utilizará las señales de la artista para su llegada, el tiempo del recorrido es el de cada uno; y las respuestas o preguntas que se configuren (¿no son lo mismo acaso?) dibujaran un espacio y un tiempo singular. Esa será la verdadera pasión reconocida, reencontrada: a través del trayecto que Cristina nos ofrece, y si nos permitimos experimentarlo, quizá podamos vislumbrar nuevas posibilidades de transitar nuestros caminos, y de este modo salir modificados.